Edición facsimilar de la obra:

“BIOGRAFIA POPULAR DEL BENEMÉRITO DE AMÉRICA BENITO JUÁREZ “

Cuyo autor es el Lic. LEONARDO S. VIRAMONTES.

TRABAJO QUE OBTUVO ACCÉSIT,  en el Concurso Literario Abierto por la Comisión Nacional del Centenario de Juárez 

Fue publicado en:

MÉXICO. TIPOGRAFIA DE LA VIUDA DE FRANCISCO DlAZ DE LEÓN. Esquina del Cinco de Mayo y Callejón de Santa Clara. 1906 

La obra consta de 5 (V) libros

LIBRO I. JUÁREZ INTELECTUAL, con 5 (V) capítulos. 

LIBRO II. JUÁREZ GOBERNANTE, con 6 (VI) capítulos. 

LIBRO III. JUÁREZ REFORMADOR, con 6 (VI) capítulos. 

LIBRO IV. JUÁREZ DEFENSOR DE LA AUTONOMÍA NACIONAL, con 5 (V) capítulos. 

LIBRO V. JUÁREZ TRIUNFADOR, con 4 (IV) capítulos. 

En esta edición facsimilar hemos tratado de respetar la tipografía y ortografía del momento.

 

LIBRO PRIMERO 

JUÁREZ INTELECTUAL. 

Desde él nacimiento del patricio hasta su elevación al gobierno de Oaxaca (1806-1847.) 

CAPITULO I 

EL NIDO DE UN ÁGUILA. 

El Estado de Oaxaca es muy montañoso, y por su configuración física recuerda los paisajes de Suiza. 

Las dos grandes cordilleras que, procedentes de la América del Sur, marchan paralelamente á ambos litorales de la República Mexicana formando la Sierra Madre, enlazan. en dicho Estado sus ramificaciones, como si quisieran hacer un alto entre los dos mares y estrecharse antes de separarse para seguir su inmenso camino. Extendidas en anfiteatro las últimas vertientes de la montaña de San Felipe, forman un valle en cuyo fondo se levanta Oaxaca, la antigua Antequera. Las moles colosales de los montes, apiñadas en grupo majestuoso, semejan gigantescos centinelas que guardan la entrada á aquella riente llanura. 

Variadísima vegetación extiende por todas partes la pompa de su follaje y la riqueza de sus frutos. Los altos pinos, flora de las nieves, se ierguen junto á los airosos cocoteros, vegetación de los trópicos. Y es porque aquel clima, ardiente á veces y á veces templado, favorece admirablemente la vida vegetal y multiplica el tesoro de joyas de la madre Naturaleza. 

Escondido en el fondo de esa montaña, y cercado por bosques de naranjos y limoneros, blanquea, como una paloma en su nido, el pueblecillo de San Pablo Guelatao. El intenso aroma de los azahares embalsama aquel ambiente; el cielo es de una serenidad italiana, y para que nada falte al cuadro, duerme junto al caserío un pequeño lago, de aguas eternamente límpidas, llamado «La Laguna Encantada.» Dicen los naturales que el nombre proviene de que ni tormentas ni avenidas aumentan ni enturbian nunca su caudal, derramándose el excedente por ocultas filtraciones de la sierra. El lago está circundado por robustos y hermosísimos fresnos. 

Esta laguna, tan transparente que sin dificultad permite ver hasta las menores piedrecillas del fondo, ha dado origen á un gran número de leyendas que han quedado grabadas en la imaginación poética de aquellos indígenas, quienes las refieren siempre á los viajeros. 

Unos dicen que el calificativo de «encantada» se le puso desde cierta tarde en que un pastor, deseoso de dominar mayor extensión, para cuidar su ganado, trepó á un peñasco que se adelanta bastante en el agua. El pastor se quedó dormido inprudentemente á orilla de la roca y cayó al lago. Por más pesquisas que se hicieron, su cuerpo no fué encontrado, quedando siempre un misterio el sitio en donde el pobre pastor durmiera el último sueño. Quizás alguna hada, habitante de aquella laguna, se prendó de él y lo llevó á su palacio de cristal: razón más que suficiente, como se ve, para asegurar los indios que la laguna está encantada. 

Otra vez, las aguas siempre claras, aparecieron teñidas de un hermosísimo azul, cosa que se explicaba fácilmente por la vecindad de algún criadero de sulfato de cobre que tiene ese color; pero los habitantes prefieren siempre creer en la influencia de algún hechizo, reinando en aquel lugar. 

La pequeña población cuenta algo más de doscientos habitantes, todos indios de raza pura, descendientes de los antiguos zapo tecas, hablando un dialecto de esa lengua, y mostrando los principales caracteres de aquellos, primitivos pobladores, tan cruelmente extorsionados después de la conquista por Ñuño del Mercado. Viven en chozas de paja, entre las que se levantan algunas casas de teja y adobe. Encuéntranse en el centro del lugar las ruinas de hermoso templo, demolido por los terremotos, haciendo ahora sus veces una iglesia tosca y de mal gusto, con sus muros bronceados por la pátina del tiempo, y sus viejas cornisas decoradas por el jaramago. 

Los vastagos de la gran familia zapoteca, que comenzó por establecerse en Tehuacán, Tecamachalco y Quecholacl en el Estado de Puebla, internándose después á Oaxaca, se mantienen en mayor independencia que el resto de los indígenas, sin duda en su calidad de montañeses. No obslante, los habitantes de Guelatao son naturalmente sociables y de carácter comunicativo, como que su vida es emprender frecuentes viajes para cambiar los productos de aquellas sierras por los frutos de otros valles. Su principal ocupación es así el comercio, la agricultura y la minería, pues el Estado de Oaxaca abunda también en metales preciosos. 

Es necesario recordar aquí, para completar rápidamente este bosquejo de la estirpe de Benito Juárez, el triste estado de abatimiento y abyección en que sumieron á los indígenas de Anáhuac tres siglos de dominación española. Todos los primitivos pobladores de este país, eran por naturaleza fuertes, guerreros, heroicos, como probaron en la gloriosa defensa de su suelo. Su primera cualidad era el valor y su mayor pasión la guerra; pero cuando, en el colmo del infortunio, vieron at conquistador instalarse en su antigua patria por obra de la. sola superioridad física, con otra lengua, otra sociedad y otras costumbres; cuando se miraron llamados tan sólo á la vida común para ser siervos, sin derecho y sin esperanza, entonces aceptaron la desdicha con el fatalismo de sus dioses proscriptos y de su raza vencida. Perdidas poco á poco sus guerreras tradiciones al impulso de las predicaciones evangélicas, el conquistador les hacía morir de fatiga en las minas; el encomendero improvisaba en ellos bestias de labranza; el hacendado les encadenaba á la tierra, embrutecidos y expoliados; el cura les exortaba á llevar con paciencia esa abyección, en que debían ver tan sólo su natural y legítima condición social: todo esto fué cayendo como inmensa montaña sobre el espíritu del indio, hasta enervar sus energías y aniquilar la conciencia de su personalidad, acabando por hacerle soportar todas las desventuras con singular actitud de indiferencia y de desprecio. 

Pero se engañará grandemente quien crea que esta degeneración, consecutiva de la infelicidad impuesta brutalmente al indio en un período larguísimo, es definitiva, ó que ella ha extinguido de raíz todas las cualidades primeras de esa raza. La Historia nos recuerda, con hechos y monumentos palpables, el notable grado de civilización á que llegara una raza que nunca tuvo para instruirse el contacto de otras más adelantadas, y que todo, por consiguiente, se lo debió á sí misma. Gloriosos fueron y grandes los días y las obras de la monarquía tolteca y de los imperios chichimeca y mexicano; sus trabajes, visibles están todavía en las ruinas de Mitla y de Uxmal; así como las de Chicomostoc, Teotihuacán, Palenque y tantas más revelan el carácter laborioso de las tribus autóctonas. Esas obras, lo mismo que el calendario azteca, los acueductos y construcciones practicados según las leyes de la geometría y la mecánica, son otras tantas páginas de piedra, libros elocuentes y grandiosos, levantados ante nuestros ojos como testimonio de aquellas civilizaciones; y por si esto fuere poco, las producciones del Rey Poeta que hemos podido conocer, donde se celebran las hermosuras de la Naturaleza y los heroísmos de la Guerra, completan, con el brillo de la Poesía, la pintura de pueblos y gentes que dejaban en todas sus obras el sello de una inteligencia superior. 

La resurrección de la personalidad indígena en las leyes, estaba reservada á un hijo de esa misma raza: á Benito Juárez, que al elevarse de la nada por el sólo poder de su genio extraordinario para legar á la Patria monumentos todavía más grandiosos que los de sus antepasados, dio espléndida prueba de lo que pueden llegar á ser esos indios que sólo esperan, en primer lugar, la escuela, para desarrollar aptitudes acaso admirables, y en segundo lugar, como lo dijo el mismo Juárez, con plena razón, adquirir una mejor condición económica para ellos, condición que, librándoles de ser bestias de carga, les permite pensar en abrirse á sí mismos y abrir á sus hijos un porvenir con la instrucción. 

Estas son, indudablemente, las condiciones primeras para que la raza indígena, ya por desdicha tan escasa, salga del marasmo intelectual en que se encuentra. 

Las azules montañas de San Pablo Guelatao fueron, pues, el nido del águila destinada á llevar en sus alas el destino de un pueblo. 

Entre los sencillos pobladores de ese pintoresco lugarejo nació Benito Juárez. Sus padres, Marcelino Juárez y Brígida García, no carecían de las comodidades comunes á los indios oaxaqueños. Su casita propia, una pequeña heredad con las necesarias bestias de labor, y algunas cabezas de ganado, formábanles modesto patrimonio que, si no les daba la abundancia, les permitía al menos vivir sin sobresalto y sin ahogo. 

Allí, en aquella casita de teja y adobe, como á cincuenta metros al poniente de lo que hoy es palacio municipal, vio la luz primera Benito Pablo Juárez el día 21 de Marzo de mil ochocientos seis, equinoccio de primavera. Brotaba la vida por todas partes, y la Naturaleza, virgen y madre eternamente, despertaba á nuevo calor y nueva fecundidad, impaciente por cumplir su trabajo de resurrección y juventud. Las rosas se cuajaban junto á la cuna del futuro Benemérito, mecidas por el aura de la montaña, á la vez que otra primavera germinaba también en los espíritus, haciéndoles henchirse con anhelos de libertad y de justicia, y nadie sabia que el recién nacido estaba llamado á dejar caer un día los frutos opimos de aquella germinación, en el seno dichoso de la Patria. 

He aquí la copia certificada de su partida de bautismo, tal como se tomó en el mismo archivo parroquial: 

“El Presbítero que subscribe, encargado de esta parroquia: Certifica en toda forma de derecho: que en el archivo de ella se encuentra un libro de forro encarnado, cuyo título es de BAUTISMOS., y á fojas ciento sesenta y cinco, partida trece, se halla la del tenor siguiente: En la Iglesia parroquial de Santo Tomás Ixtlán, á veinte y dos de Marzo del año de mil ochocientos seis, yo, D. Ambrosio Puche, vecino de este Distrito, bauticé solemnemente á Benito Pablo, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de Marcelino Juárez y de Brígida García, indios del pueblo de San Pablo Guelatao, perteneciente á esta cabecera: sus abuelos paternos son Pedro Juárez y Justa López; los maternos Pablo García y María García: fué madrina Apolonia García, india, casada con Francisco García, advirtiéndole sus obligaciones y parentesco espiritual. — Y para constancia lo firmo con el señor Cura. — (Firmado) — Mariano Cortabarría — Ambrosio Puche. — «Es copia fiel y legalmente sacada de su original á que me remito, siendo testigo de su cotejo Francisco Ramírez de esta misma cabecera. — Ixtlán, Octubre 24 de 1865. — (Firmado) — José Antonio Márquez. > 

El pequeño Benito Pablo quedó huérfano muy pronto. A los tres años de edad perdió á sus padres, siendo su abuela Justa López quien entonces se encargó de él; y más tarde, por muerte de ésta, su tío Bernardino Juárez. > 

No tenía, por cierto, el ascendiente de Benito, grandes elementos para la educación del niño, y por otra parte, su rusticidad natural le movía tan sólo á utilizar el trabajo del huérfano en provecho propio. Leer, escribir, las cuatro reglas de la aritmética y el catecismo del padre Ripalda, á esto limitábase la instrucción primaria de entonces, aun en clases sociales relativamente acomodadas; pero ni esto pudo adquirir Juárez en aquel remoto y pequeño pueblecillo. Fué así como llegó á los doce años sin haber aprendido siquiera el idioma castellano. 

Sin embargo, ocupado en guardar por aquellas montañas los rebaños de su tío, ó mientras vagaba entre el arrullo de los bosques llenos de azahares, no era deseo de aprender lo que faltaba al pobre indio. Cuentan algunos, que cierto sastre de San Pablo Guelatao apellidado Garda, tenía una escuela para niños, y que el pastor Benito solía detenerse muchas veces junto á la puerta, escuchando las lecciones y aprendiendo alguna que otra palabra española. La excesiva severidad del tío Bernardino, obligándole á trabajar, paralizaba aquellos esfuerzos por instruirse, pero no los íntimos deseos que en él existían. 

San Pablo Guelatao es camino directo para la sierra y no dista más que catorce leguas de Oaxaca. 

El tráfico, pues, con esta población es constante, y numerosos los viajeros que cruzan el villorrio, procedentes de la capital del Estado. El niño oía hablar de ella, y ese ensueño, «La Ciudad,» se fijaba en su espíritu, adornando con indescriptibles bellezas aquel centro de vida y de comercio que el pobre huérfano no había conocido jamás. Antojábasele sin duda un país de hadas; otros niños de su edad ó quizá más pequeños, le hablaban también de ella, porque era tradicional y frecuentísimo en los naturales de la sierra de Ixtlán llevar á sus hijos á Oaxaca á servir á los «señores» en las casas acomodadas, donde los jóvenes montañeses se hacían estimar por su laboriosidad y su honradez. Trabajaban allí sin estipendio alguno, recibiendo apenas alimento y pobre vestido ; pero estaba establecido que los amos tenían obligación estricta de enviarles á la escuela. 

Así era como los jóvenes más humildes aprendían á leer y escribir. 

Benito Juárez no tenía quien se preocupara de su suerte, pero secreto afán de ascender le hostigaba; y un día de Diciembre de 1818, como las circustancias le precipitaran á ello, emprendió el camino de Oaxaca, diciendo adiós al encantado jardín de Guelatao, que guardaba los restos de su padre Marcelino en el Patrocinio, y de su madre Brígida en el templo principal. 

Escuchemos este infantil y significativo episodio de labios del mismo Juárez, quien alguna vez lo refirió al señor Don Marcos Pérez, distinguido oaxaqueño. — «Era el miércoles dieciseis de Diciembre de 1818. Me encontraba en el campo como de costumbre, con mi rebaño, cuando acertaron á pasar, como á las once del día, unos arrieros conduciendo varias mulas con rumbo á la sierra. Les pregunté si venían de Oaxaca; me contestaron que sí, describiéndome, á ruego mío, algunas cosas de las que allí vieran, y siguieron luego su camino. Pero hé aquí que al examinar mis ovejas encuentro que me faltaba una, suceso que no pudo menos de desesperarme, conociendo el rigor de mi tío, á quien debía entregar el rebaño previa cuenta. Triste y abatido estaba, cuando llegó junto á mí otro muchacho más grande, y de nombre Apolonio Conde, invitándome á comer algunos elotes (mazorcas de maíz.) Al saber la causa de mi tristeza, refirióme que él había visto cuando uno de los arrieros se llevó la oveja. Estábamos comiendo; el humo de la hoguera en que se cocían los elotes, atrajo al dueño de la milpa, quien nos condujo á presencia de Bernardino, cuya cólera puede suponerse. 

«Me acosté sin cenar bajo las amenazas del tío, quien me prometía una escena terrible para el día siguiente, en castigo de mi doble falta. Antes del alba me despertó de un puntapié; me ordenó salir en busca del rebaño, anunciando siempre sus castigos; y aquel temor y mi natural afán de salir de allí para llegar á ser algo, me decidieron á marchar á Oaxaca, sin más equipo que mi «pachón» (capote de hojas de palma). Y aunque hice tres días de camino, no me detuve sino lo indispensable, figurándome á cada instante ser perseguido por Bernardino. Así llegué una tarde á la ciudad, prófugo de la casa paterna. . . . » agregaba sonriendo el Señor Juárez. 

He aquí á nuestro viajero en Oaxaca, pais de sus sueños, sin recursos, sin conocimientos, pero con una fuerza de voluntad que acababa de revelarse muy grande en tan tempranos años. 

Afortunadamente, allí vivía su hermana Josefa, sirviendo en la casa de un genovés llamado Don Antonio Mazza, á quien el vulgo llamaba el «gachupín Maza,» españolizado su apellido. Este debía ser más tarde suegro de nuestro héroe. 

Lejos del duro trato de su tío Bernardino, y encontrándose en la ciudad que tanto anhelaba, el pequeño recién llegado se conceptuó feliz. Su hermana le cuidaba con gran solicitud, dándole pruebas de amarle tiernamente. Hombre después, cuando en el penar de sus azarosas luchas recordaba á aquella hermana buena y piadosa, el semblante de bronce del patricio se velaba con una sombra y había humedad de llanto en su pupila: en recuerdo de ella dio más tarde Juárez ese mismo nombre á una de sus hijas. 

La casa de Josefa fué el primer abrigo de Benito. Muy pronto el destino le dio por protector á un hombre de noble corazón, que desde luego manifestó profundo afecto al huérfano, otorgándole generoso apoyo. Llamábase Don Antonio Salanueva,y era religioso de la Orden de San Francisco, según la autorizadísima opinión del Sr. Don Francisco Sosa, plenamente confirmada. 

A los pocos días de llegado Benito á Oaxaca, como su hermana Josefa, según costumbre inveterada al acercarse cualquier fiesta, llevara algún obsequio en compañía de su pequeño hermano al padre Salanueva, éste le preguntó en seguida quién era aquel niño. Refirió Josefa la breve historia de Benito y el desamparo en que se hallaba, narración que fué bastante para que el buen religioso tomara al niño bajo su protección. Salanueva no sabía ni podía adivinar que era en aquel instante él instrumento de un destino misterioso, para que as! el pequeño desvalido encontrara la luz que su inteligencia buscaba, cual si aquel pobre pastor presintiera que más tarde tenía que proporcionarla á todo un pueblo. ¿Cuál hubiera sido el porvenir de Benito Juárez sin Salanueva? Vivir quizá como humilde dependiente al servicio de algún amo durante largos años; pero estaba escrito que aquel sacerdote, satisfaciendo la sed de aprender que acosaba al niño, señalara con su generosa enseñanza el punto de partida del futuro Reformador. 

Salanueva se apresuró á impartir por sí mismo los primeros conocimientos á su protegido, que bajo la. dirección del sacerdote, concluyó la instrucción primaria. Aparte de tan insigne beneficio y del apoyo material que le brindara, el mismo religioso hizo al hijo de Guelalao otro bien inestimable, educándole en los más puros ejemplos de honor y de virtud, cuya práctica le recomendaba sin cesar. Allí aprendió Juárez la honradez acrisolada que fué después la norma espontánea é inflexible de su vida. 

Concluida que hubo la instrucción primaria, Salanueva se apresuró á hacerle inscribir en el único plantel de enseñanza superior con que entonces contaba Oaxaca: el seminario eclesiástico. 

Desde los primeros días de la vida del ilustre oaxaqueño, se encuentran ya rasgos extraordinarios; un deseo intenso de ascender y de educarse, deseo tanto más notable, cuanto más humilde era la posición en que Juárez se encontraba; una voluntad poderosa |)ara realizar ese impulso espontáneo; voluntad tan firme desde entonces, que el niño de doce años no vaciló un instante en tomar el camino de la ciudad, como si secreto acento le gritara que ese era el camino del porvenir. 

Las dos cualidades características de Juárez, reveladas más tarde, aparecen en ese sencillo rasgo del niño: un pensamiento ansiosamente tendido hacia el progreso, hacia el mañana; y una voluntad inflexible para realizar ese pensamiento á través de todos los obstáculos. Esas dos cualidades, unidas á una tercera, no menos espontánea y robusta, el amor á la Patria, explican toda la obra posterior del hombre en quien constantemente trabajaron los mismos extraordinarios impulsos de aquel niño.’ (En el barrio del Carmen Alto, frente á la puerta principal del templo, estaba la casa de Don Antonio Salanueva. Hoy lo recuerda así una inscripción que dice: «Esta casa dio abrigo al Benemérito de América Benito Juárez, cuando salió de Guelatao, para educarse al lado del padre Salanueva. — 1818 á 1828.»)

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