Edición facsimilar de la obra:

“BIOGRAFIA POPULAR DEL BENEMÉRITO DE AMÉRICA BENITO JUÁREZ “

Cuyo autor es el Lic. LEONARDO S. VIRAMONTES.

TRABAJO QUE OBTUVO ACCÉSIT,  en el Concurso Literario Abierto por la Comisión Nacional del Centenario de Juárez 

Fue publicado en:

MÉXICO. TIPOGRAFIA DE LA VIUDA DE FRANCISCO DlAZ DE LEÓN. Esquina del Cinco de Mayo y Callejón de Santa Clara. 1906 

La obra consta de 5 (V) libros

LIBRO I. JUÁREZ INTELECTUAL, con 5 (V) capítulos. 

LIBRO II. JUÁREZ GOBERNANTE, con 6 (VI) capítulos. 

LIBRO III. JUÁREZ REFORMADOR, con 6 (VI) capítulos. 

LIBRO IV. JUÁREZ DEFENSOR DE LA AUTONOMÍA NACIONAL, con 5 (V) capítulos. 

LIBRO V. JUÁREZ TRIUNFADOR, con 4 (IV) capítulos. 

En esta edición facsimilar hemos tratado de respetar la tipografía y ortografía del momento.

 

LIBRO PRIMERO

CAPITULO II 

EN EL SEMINARIO DE SANTA CRUZ. 

Por breve de Inocencio XI, dado en Roma el 20 de Febrero de 1677 y á virtud de real cédula expedida en Madrid, se fundó ese mismo año el Colegio Seminario de Santa Cruz de Oaxaca, siendo Gobernador de la mitra Fr. Tomás de Monterroso. El establecimiento estaba instituido según el plan del Concilio de Trento; latinidad, gramática, teología eclesiástica y moral y filosofía, eran los cursos que en él debían de seguirse. 

Escasísima y llena de reticencias era la enseñanza impartida en los establecimientos del clero, aun tratándose de enseñanza superior, que no tenía de esta última calidad sino el nombre. 

Las ciencias estaban proscritas de aquellas aulas. Como las únicas carreras en las tres principales Universidades de Nueva España eran las del foro y de la Iglesia, la esencia de los conocimientos hallábase constituida por el viejo fárrago de la escolástica, con su indispensable cortejo de áridas sutilezas y de indigesta dialéctica. Los maestros, siempre en guardia contra las nuevas ideas que á fines del siglo XVIII levantaban la cabeza, procuraban persuadir á sus discípulos de que la Metafísica era la última palabra de los conocimientos humanos, dejando perderse en aquel dédalo las ávidas inteligencias juveniles. Las primeras nociones de Física y Matemáticas se enseñaban de prisa, sin detenerse en mayores desarrollos, rebajadas dichas ciencias al nivel de amenos pasatiempos. Los grandes fenómenos sociales y políticos; los descubrimientos del espíritu analítico de la época, eran casi siempre condenados a priori en nombre de la religión, por sabios sin ciencia y por sacerdotes sin fe. 

En Octubre de 1821, cuando acababa de consumarse la Independencia mexicana, comenzó Benito Pablo sus estudios de latinidad en el Seminario de Santa Cruz. Es necesario fijarse en esta coincidencia; es necesario tener presente que el joven seminarista abría su inteligencia á la meditación y al estudio en el instante mismo en que la realidad ponía ante sus ojos una experiencia estupenda. La guerra de insurrección había cesado, pero no los furiosos odios que ella encendiera. Insurgentes y realistas, vencidos y vencedores, todos conservaban en el corazón la huella candente de aquella gran tragedia. Unos veían derrumbarse y desaparecer para siempre el viejo orden de cosas en que pasara su vida; otros se miraban llenos de entusiasmo en posesión de una patria, de una nacionalidad, espléndido é infinito porvenir que contrastaba con el silencio y la sombra del pasado. Era más de lo necesario, no ya para deslumbrar una inteligencia juvenil, sino para dejar hondamente grabada la universal alegría por aquella gloriosa adquisición: la Patria. 

Los estudiantes debían de sentir en su espíritu un rudo é incesante choque entre las ideas estrechas de sumisión é intolerancia que se les imbuyeran en el Seminario y las poderosas tendencias reinantes en el medio ambiente dirigidas á emancipar las conciencias de la antigua tutela, y á reivindicar los derechos de la libre personalidad humana y de la soberanía popular.  Bastaba para orientar sus inteligencias el hábito del raciocinio y la reflexión: lo demás se encargaría de hacerlo la fuerza misma de la realidad y su instintivo amor al suelo patrio. Por lo pronto, el nuevo seminarista comenzaba apenas á aprender el latín, como hemos dicho, sobresaliendo desde luego por su decidida aplicación, que le valió éxitos brillantísimos. Las cátedras de Filosofía no se abrieron sino hasta el año de 1824, y en esa misma fecha se inscribió desde luego nuestro alumno. El libro de calificaciones Seminarium Pontificium Sanctae Crucis Oaxacense, como se llamaba el plantel, se encarga de pintarnos al estudiante, con esta nota relativa al resultado de su primer examen. <El tres de Agosto de 1824 el manteista D. Pablo Juárez fué examinado del curso completo de latín y calificado de Excelente. — Nota. Es de sobresaliente aprovechamiento y particular aplicación. Existen las constancias. Presidente, Líc. Francisco M. Ramirez de Aguilar. — Manuel Antero. — Sánchez Cañas. — Juan José Ruiz. — Francisco Javier de Serain. — José Mariano Dominguez. — Manuel Estanislao Riveros. — José María Muñozcano, Secretario. > 

Tan satisfactorias y expresivas como esa fueron todas las notas que en sus exámenes posteriores obtuvo Benito Pablo Juárez, de las que vamos á transcribir las principales, para que los lectores puedan seguir paso á paso la impresión que el humilde hijo de Guelatao iba dejando en el ánimo de profesores y estudiantes, así como la reputación que desde luego llegó á formarse, por obra sólo de su inteligencia y del infatigable afán de instruirse que le guiaba. 

El 1º de Agosto de 1825 se examinó del primer curso de Filosofía; fué calificado de Excelente Nemine discrepante y sustentó un acto público»’ (Firman esta nota: Lic. M. Ramírez de Aguilar, Presidente; Juan José Ruiz, Francisco Javier de Serain, José Mariano Domínguez, Miguel E. Riveros, Santiago M. Villarauz, José M. Muñozcano, J. M. Moreno Srio.)

«El 3 de Agosto de 1826 fué examinado del segundo curso de Filosofía y calificado de Excelente. — Nota. Es Sobresaliente EN LA Aplicación y Aprovechamiento» Firmas: (Lic. F. M. Ramírez de Aguilar, Lic. Luis Castellano, J. M. Domínguez, Francisco J. de Serain, Miguel E. Rivero, J. M. Muñozcano, Manuel del Río y Hermosa, Srio.) 

«El 1º de Agosto de 1827 fué examinado del tercer curso de Fisolofía y calificado de Excelente Nemine discrepante. 

Nota. Es de particular aplicación, sobresaliente aprovechamiento, que manifestó en Acto Público que sustentó y tuvo el honor de consagrar a nuestro Illmo prelado» Firmas: Lic. F. M. Ramírez de Aguilar, Presidente; J. Mariano Domínguez, Miguel E. Rivero, Fr. Juan N. Buen Rostro, Francisco J. de Serain, José M. Muñozcano, Santiago Mariano Villarauz, Mariano del Río y Hermosa, José María del Río y Hermosa, Srio. 

«Habiendo presidido sus Actos el Br. D. Miguel Estanislao Riveros y teniendo que dar los lugares á sus discípulos, hizo la asignación de ellos en la forma siguiente: Supra locum, Don Benito Pablo Juárez» 

«El 4 de Agosto de 1828 presentó examen de primer curso de Teología á más de la obligación, el tratado de Infídelítate por el Emmo. Goth, y fué calificado de Excelente, nemine discrepante.> 

En el «libro de méritos y ejercicios literarios» del Instituto, especie de registro privado donde constaba la hoja de servicios de cada alumno, se hallan estas notas respecto de nuestro escolar: 

«1826 — El 2 de Marzo tuvo un mensal de la Aritmética y Algebra del P. F. Franco Jaquier, D. Benito Pablo Juárez, y se lo presidió el Br. D. Ángel Riveros, catedrático de Filosofía. — 1827 — Mes de Marzo — El día 8 del mismo mes y año tuvo un mensal de cinco conclusiones de Física particular del M. R. P. F. Franco Jaquier, D. Benito Pablo Juárez, presidido por el Br. D. Miguel Estanislao Riveros, catedrático de la facultad. — Mes de Agosto — El día 9 tuvo otro acto en el que defendió la misma obra del P. Jaquier, D. Benito Pablo Juárez, presidiéndolo el Pbro. catedrático Dr. D. Miguel Estanislao Riveros. — 1828 — El día 8 de Mayo de 1828 tuvo un mensal de la segunda cuestión del tratado de Encarnación por el Angélico Dr. Santo Tomás, D. Benito Pablo Juárez, y lo presidió D. Luis Morales, catedrático de prima de Teología Escolástica.»’ (Vida literaria de Juárez, por Juan Sánchez, pág. 4.)

Más honoríficos no podían ser los éxitos del distinguido estudiante, que acreditaban á un tiempo su aplicación, así como la poderosa inteligencia del joven indio. Por esa serie de notas que forman su mejor encomio, vemos que desde el primer curso de Filosofía en 1825, fué encargado de sustentar un acto público. Entonces, como ahora, todavía en los Seminarios no se conferia esa distinción sino á los alumnos más aprovechados é inteligentes, mirándola no sólo como esencialmente honrosa, sino aun delicada, puesto que de el resultado del acto público dependía el juicio que el profesorado y la concurrencia extraña se formaran de la cátedra; con lo cual dicho está que el catedrático se fijaba tan sólo en los alumnos que podían hacer honor á su enseñanza y al estudio. Juárez, como se ha visto, tuvo un acto público en el primer curso de Filosofía en 1825 y otro en 1827. Muy grande debe de haber sido el aprecio que se conquistara, para lograr desde luego triunfo semejante, y todavía más, para ser colocado Supra Locum, sobre todos los lugares. 

Pero el seminarista de Santa Cruz no lograba todos estos éxitos sino á costa de grandes fatigas. Aun siguiendo sus estudios, el servicio al lado del padre Salanueva le ocupaba todo el día. Por la noche, dice uno de sus biógrafos, era cuando Juárez podía dedicarse á estudiar sus cátedras. «Sus horas nocturnas de descanso las dedicaba al estudio, muchas veces alumbrado únicamente por la irregular luz del ocote (Pínus Teocoté) que le proporcionaba una pobre vecina del patio segundo de la casa en que servía.»‘ (Sánchez, Vida literaria, pág. V.) ¡Qué sed de saber agitaría al protegido de Salanueva, para inspirarle tales sacrificios! 

En 1827 concluyó los estudios preparatorios, siéndole entonces preciso elegir una carrera. Ya hemos dicho algo sobre el estado de la instrucción en Nueva España. Conservando celosamente su privilegiado encargo de impartir la enseñanza, el clero en la Colonia procuraba sin descanso mantener á los espíritus en profundo y enervante sueño, de lo que resultaba una sociedad tan ignorante como fanática. Los criollos que estudiaban eran dedicados en su inmensa mayoría al sacerdocio, saliendo de las aulas á languidecer en cualquier parte como curas de aldea, pues los altos puestos eclesiásticos no eran para ellos. Vivían y morían olvidados, sin pensamientos ni aspiraciones. 

Verdad es que España misma yacía en completas tinieblas bajo el manto de plomo de la Inquisición, que la aislaba tan completamente del resto del mundo, que el volcán de la Revolución Francesa sólo pudo hacerla entreabrir los ojos cuando trescientos mil soldados de Napoleón salvaron los Pirineos para establecer entre una y otra nación ancha corriente de ideas. Esas ideas al poco tiempo llegaron hasta la Colonia, siendo entonces cuando á su impulso el clero bajo, el postergado, el pobre, se sintió inspirado por aquella luz, alzándose para predicar al pueblo la santa cruzada de Independencia. Amamantados en la lucha, los hombres que surgieron habian de estar ya apartados de la antigua generación por la evolución de sus ideales. Vamos á ver cuan pronto se verificó esa crisis de evolución en el seminarista de Santa Cruz y á qué factores obedeció. 

Compartían con Benito Juárez la protección del buen Salanueva otros dos estudiantes llamados Isidro Sánchez y Francisco Parra. El sueño dorado de su protector era que todos se dedicaran á la carrera eclesiástica, considerando sin duda el padre, en la sencillez de su corazón, que con esto les otorgaba el legado más precioso, puesto que su bondad no le permitía entrever, para aquellos hijos adoptivos, horizonte mejor que oficiar algún día en los altares. Comenzaron, pues, sus afectuosas y tercas sugestiones á apremiar el espíritu de Benito Pablo, el que se sentía tanto más cohibido para resistir, cuanto que sus dos compañeros se ordenaron y llegaron buenamente á curas, como era el bello ideal de Salanueva. 

Inclinándose, al cabo, ante los deseos de su bienhechor, Juárez comenzó á estudiar Teología en 1827, como hemos visto por sus notas de exámenes, aunque sintiera en el fondo de su corazón no ser ese el camino trazado por sus esperanzas. ¡Cosa singular, que aquel colegial que echaba sobre sus juveniles ilusiones el negro manteo del teólogo, sólo guiado por la gratitud, fuera el escogido por el destino para conmover un día á la sociedad con sus revoluciones y á la Iglesia con sus reformas!. . . . 

Un incidente insignificante, pero decisivo, cual sucede casi siempre en la vida de los grandes hombres, apartó á Juárez de aquella senda en que estaba próximo á extraviarse su fuerte espíritu, orientándolo hacia el verdadero rumbo que debía tomar. 

En el seminario de Santa Cruz no se hacía más carrera que la eclesiástica. Era el tiempo, sin embargo, de que faltaban letrados para servir los diferentes empleos reclamados por la organización nacional después de la Independencia. No había abogados, haciéndose preciso muchas veces conferir cargos delicadísimos en que se necesitaba conocer la ciencia de las leyes, á «homes buenos,» personas de probada honorabilidad pero profanas en derecho. Sólo se hacía la carrera jurídica en las Universidades de México, Guadalajara y Yucatán, que daban poco contingente á la magistratura: es verdad que de allí llegaron á salir abogados de tan preclaro nombre como D. Andrés Quintana Roo y D. Carlos María de Bustamante. 

Esta escasez de jurisconsultos en Oaxaca originó general deseo de establecer allí la carrera de Jurisprudencia, á lo que se opuso áspera y tenazmente el rector del pontificio, Don Francisco María Ramírez de Aguilar, el mismo que hemos visto firmando las actas de exámenes de Juárez como presidente, y que en su doble carácter de canónigo penitenciario de la santa Iglesia Catedral y aristócrata perteneciente á acomodada familia, era un perfecto retrógrado. Tenía, además, el señor Canónigo, el humor más bilioso del mundo, todo lo cual basta y sobra para comprender la irritación con que recibiría la iniciativa de que del Seminario salieran otros graduados que curas. 

Tal oposición hizo que algunos abogados oaxaqueños se limitaran á dar cátedras de leyes en sus casas; sin embargo, la idea había hecho camino y concluyó por triunfar más completamente de lo que se esperaba, puesto que, en Agosto de 

1826, la Legislatura del Estado creó el Instituto de Ciencias y Artes, siendo Gobernador de Oaxaca el progresista abogado D. Ignacio Morales, que tomó gran empeño en el asunto. El nuevo plantel se inauguró solemnemente el día 8 de Enero de 1827, bajo la presidencia del mismo Gobernador y ante numeroso concurso en que estaba lo más granado de la sociedad oaxaqueña, lo cual nada tiene de extraño, siendo ya aspiración general la existencia de un establecimiento donde se enseñara á la juventud algo más que el rutinario y atrasado programa clerical. Así lo expuso el orador en aquella solemnidad, Lic. José Juan Canseco, en aplaudido discurso. 

Los estudios principales adoptados en el Instituto fueron cursos preparatorios, cursos de Jurisprudencia y Medicina, y una Academia de Bellas Artes, Agricultura y Comercio. 

Con todo esto, claro está que había de surgir enconada lucha entre el Seminario y el Instituto. Este representaba el empuje de las nuevas ideas, la tendencia á la emancipación intelectual, el triunfo prometido á una joven generación que al empapar su espíritu en las grandes leyes del pensamiento moderno, había de salir á las lides políticas en que se debatiera el país, armada con doctrinas de Independencia y con profundo amor á la libertad y al progreso. El clero aparentó ver con horror aquella casa de enseñanza, declarándola centro de prostitución y nido de herejías, á pesar de que el Gobierno, con espíritu conciliador, encargó de su dirección á un fraile dominico, ilustrado y de prestigio entre la juventud escolar, el Doctor y Maestro Fr. Francisco Aparicio; verdad es que este fraile había sido insurgente de corazón, amigo del gran Morelos, á quien en una ocasión había escrito estas palabras para poner á su disposición los caudales que manejaba como provincial de Santo Domingo: t Disponga el compañero de religión de los fondos que poseo como depositario de los bienes de los españoles que huyeron, para que se lleve adelante la causa de la Independencia.» 

La rivalidad se entabló, pues, ardiente y profunda, y lo que desesperaba más al clero sostenedor del Seminario Pontificio, era que un buen número de seminaristas abandonaba las aulas para ingresar al Instituto, seducidos y encantados todos ellos por el luminoso horizonte de la instrucción moderna. Es preciso recordar que los tiempos eran esencialmente de lucha y de combate; magnos acontecimientos se habían sucedido unos á otros en la esfera política, como los interesantes actos de un inmenso drama. Después del pronunciamiento de Pío Marcha, el trono levantado por él había rodado en el polvo, substituyéndolo el inicuo cadalso de Padilla; siguió la República federal y la constitución de 1824; el funcionamiento del primer Presidente Victoria; después de lo cual estaban próximos á venir alas manos el partido conservador formado por el clero, los realistas, y algunos antiguos iturbidistas sosteniendo á Pedraza, y el partido yorquino proclamando á Guerrero : tal era el espectáculo que ofrecía la Nación Mexicana, trocada en ancho palenque de un extremo á otro. 

Juárez veía todo aquello, guardando sin duda honda impresión; y él, que sólo cediendo á fuerte insistencia se aviniera al ingrato estudio de la teología, experimentó, como no podía menos, noble emulación ante el ejemplo de los que pasaban al Instituto. Fué entonces cuando se decidió su destino. Su amigo íntimo Miguel Méndez, como él indio de raza pura y de superior inteligencia, mostróse de los primeros en marchar al nuevo plantel, abandonando el Seminario;’ (Célebre reunión en la casa de Méndez, á que concurrieron las personas citadas y otros jóvenes distinguidos en la política y en las letras; y durante el te que se sirvió, tomó Méndez la palabra: Méndez, tan fecundo y elocuente, el liberal más exaltado y á quien se le veíji como á un oráculo, reconoce los talentos ‘y aptitudes de sus amigos, los elogia, los alienta y encamina á do su genio los llama, y volviéndose por último hacia Juárez, les dice: Y este que ven ustedes reservado, y grave, que parece inferior á nosotros, ESTE SERÁ UN GRAN POLÍTICO, SE LEVANTARÁ MÁS ALTO QUE NOSOTROS, LLEGARÁ Á SER UNO DE NUESTROS GRANDES HOMBRES, Y LA GLORIA DE LA PATRIA» (Don José María Cortés, citado por Juan Sánchez, Op. cit.)  otros le siguieron, y Benito Juárez no dudó más en imitarles, arrojando el negro hábito que se interponía como una sombra entre él y el porvenir que vislumbraba. 

Al dejar las aulas sombrías del Pontificio por los corredores llenos de luz del Instituto, Juárez había fijado su suerte. La sociedad estaba dividida en dos bandos: él sabía que ese acto equivalía á apartarse del partido retrógrado concentrado en el Seminario, para inscribirse en las filas del partido liberal rojo, cuyo refugio fuera aquel Establecimiento. A esto le inclinaron solamente su genio que despuntaba, y sus nobles sentimientos. Las opiniones políticas de nuestro héroe se formaron entonces y su espíritu tendió las alas por el infinito campo del pensamiento para seguir el Evangelio de libertad que fué la religión de toda su vida. 

Nos hemos detenido en el estudio de esta época, porque ella marca una de las grandes faces de la vida del patricio: su evolución intelectual, obra exclusiva de Juárez y nacimiento de una convicción á que él no faltó jamás en lo sucesivo, dedicándole la fidelidad y la abnegación de un amor sincero. Es cosa curiosa y digna de notarse que una gran parte de nuestros más eminentes pensadores, campeones decididos de la idea liberal, hayan salido de los Seminarios y Establecimientos clericales donde se les enseñaban ideas totalmente contrarias; fenómeno que se explica, en primer lugar, porque el espectáculo de las patrióticas agitaciones sociales á que diariamente asistían en un medio ambiente todo impregnado del ardor de la lucha, no podía menos de contrastar notablemente con las opresivas enseñanzas eclesiásticas, provocando por necesidad en ellos una crisis de emancipación y de entusiasmo, crisis que después era alimentada cada vez más por los nuevos programas científicos que el clero se apresuraba á maldecir, ignorante de que con esos odios aumentaba el prestigio de las mismas ideas anatematizadas. 

He aquí, pues, ya á nuestro estudiante salvo de la ardiente presión de su padre adoptivo, y en plena libertad de conciencia. La influencia superior que desde el principio parece guiarle no le abandona, pues el Instituto fué creado en el instante mismo en que, comenzando una carrera, el futuro Reformador buscaba los elementos necesarios, que la suerte se encargó de proporcionarle á medida del deseo. 


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