CARLOS CORREA ROJO

 

 

FALLECIMIENTO DEL PRESIDENTE

BENITO JUAREZ

A mi juicio, algunos de los acontecimientos históricos más importantes en que un Escribano, hoy Notario ha intervenido, es el relativo a la muerte del Presidente Benito Juárez, (18 de julio de 1872).

 

Seguro habrá muchos acontecimientos que no llegaron a mis manos, pero lo que a continuación relato, es uno memorable para la actividad notarial.

 

Un antecedente previo,  es que el entonces presidente José Justo Corro, emitió un decreto (29 de febrero de 1836) sobre el funeral que debe observarse en la República mexicana por el fallecimiento del presidente en funciones. 

 

En dicho decreto se estableció en su artículo 1º: 

 

“Luego que los facultativos de cabecera anuncien al secretario del despacho de Relaciones haber fallecido el presidente de la República, dispondrá aquél que dos escribanos públicos den fé y testimonio de ello en debida forma, á presencia de todos los secretarios del despacho, y poniéndolo en conocimientos del poder ejecutivo, dispondrá este se haga la comunicación correspondiente al congreso general y á la Suprema Corte de Justicia”.

 

La descripción de como se sucedieron los hechos del fallecimiento, los encontramos en el libro “Biografía Popular del Benemérito de América Benito Juárez”, (Trabajo que obtuvo accésit, en el concurso literario abierto por la Comisión Nacional del Centenario de Juárez. Tipografía de la Viuda de Francisco Díaz del León, México, 1906.) cuyo autor es el señor Licenciado Leonardo S. Viramontes quien hace una narrativa que transcribimos en su parte conducente:

Página 280 y siguientes:

 

“El 20 de Marzo de 1872, víspera de su natalicio, Juárez, que siempre había disfrutado excelente salud, encontrábase conversando con el Sr. Lic. Emilio Velasco, cuando repentinamente cayó, presa de un síncope de que se repuso á pocos instantes. La familia alarmada, le hizo reconocer por médicos, que encontraron en ese ataque los primeros síntomas de la enfermedad a que algún tiempo más tarde había de sucumbir el Presidente. Éste continuó bien  hasta el 17 de julio siguiente, en que se repitieron los mismos padecimientos, agravándose en seguida de un modo notable. …

 

A las siete de la noche el mal venció su fuerza de voluntad y tuvo que ponerse en cama.

 

Desde aquel momento fue empeorando progresivamente.

 

No obstante, después de un síncope, vió á su lado, de pie, cerca de su cama, al señor Ministro de la Guerra, que le contemplaba con solicito cariño:

 

¿Cómo estas? ¿has recibido algún parte telegráfico?

 

No, contestó el Sr. Mejía, no hay novedad. ¿Cómo te sientes?

 

Mejor, gracias. Será cualquier cosa. Anda, vete á tu despacho.

 

El Ministro salió de allí inquieto y volvió a las nueve.

 

Ya el Dr. Alvarado, medico de cabecera, había manifestado sus terribles temores á la familia.

 

Esta muy grave el Presidente, dijo al Sr. Santacilia. Desespero de la curación, y creo que no le quedan tres horas de vida.

 

Por indicación suya se había llamado a los Dres. Lucio y Barreda.

 

Desde aquel momento fueron aumentando de intensidad los dolores, pero no había posibilidad de calmarlos por medio de pociones internas, porque el Sr. Juárez tenía continuamente violentas náuseas. Tuvieron, pues, los médicos, que recurrir á inyecciones locales de una solución de morfina dirigidas sobre la parte dolorida, esto es, sobre el lado izquierdo del pecho.

 

A las diez y media, siendo inminente el peligro, se mandó llamar á los señores Ministros Lafragua, Don Francisco Mejia, y Barcárcel.

 

El Sr. Don Francisco Mejía acudió en el acto; el Sr. Barcárcel nada supo, porque el portero de su casa no quiso abrir ni darle aviso, por temor ó desconfianza; el Sr. Lafragua llegó un poco más tarde.

 

Todas las personas allí presentes estaban consternadas.

 

Poco antes de las once, el Presidente llamó a un criado a quien quería bastante, llamado Camilo, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía un intenso dolor. Obedeció el buen hombre, pero no podía contener las lágrimas.

 

Padecía atrozmente el Sr. Juárez; pero no tenía, al parecer, conciencia de su fin próximo.

 

Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; á las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre su mano, no volvió á hacer movimiento alguno, y á las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro.

 

El Dr. Alvarado dijo está sola palabra:

 

              ¡Acabó!

 

Santacilia no quería creer en semejante desgracia, y esperaba que aquello no fuera más que un síncope.

 

¿Doctor, cree Ud. que ha muerto?.

 

El Dr. Barreda encendió un fósforo y lo acercó a los ojos del Presidente, para ver si la intensidad de la luz imprimía movimiento a las pupilas, pero ¡nada! … no quedaba ya ninguna esperanza! … Juárez había muerto!.

 

Poco antes de las doce de la noche, el señor Ministro de la Guerra, Don Ignacio Mejía, se dirigió a la casa del Sr. D. Sebastián Lerdo de Tejada; y no queriendo desde luego darle la fatal noticia, para evitar una impresión demasiado violenta, le dijo que el Sr. Juárez estaba gravemente enfermo y que su médico de cabecera, Don Ignacio Alvarado, había perdido toda esperanza de salvarle.

 

El Sr. Lerdo se afecto profundamente; quiso ir en el acto á ver al Sr Juárez y mientras se disponía para salir, le dijo el Sr. Mejía:

 

No crea Ud. encontrarle con vida, le he dejado casi agonizante.

 

Será una crisis, contestó el Sr. Lerdo con afligido acento.

 

No, señor, repuso el General; forzoso me es decírselo, ha fallecido ya.

 

Y ambos se dirigieron tristes y silenciosos a la casa mortuoria, donde pasaron el resto de la noche tratando, aunque en vano, de consolar a la atribulada familia

 

A las dos de la mañana llegó el Sr. General Don Alejandro García, en unión de los Sres. Alatorre, Baranda y Nicoli y dictó desde luego disposiciones relativas á la guarnición de la Capital. Poco después se presentaron los Sres. Don Juan José Baz, Don Eugenio Barreiro, Don Eduardo Arteaga, el Gobernador Montiel, D. Manuel Saavedra y algunas otras personas que acababan de tener noticia del infausto acontecimiento.

 

A las cuatro se dispuso transladar el cuerpo á Palacio: fué llevado por la servidumbre, tenido en un catre ligero, y acompañado de los ayudantes del Presidente y de varios de los amigos que se hallaban presentes.

 

Después de levantarse el acta de defunción, procedieron los Dres. Alvarado, Barreda y Lucio al embalsamamiento, que quedó terminado a las siete de la noche.

 

A las diez cumplimos con el triste deber de ir á despedirnos por última vez del que todavía antier fuera Presidente de la República.

 

Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de su cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida, que con el eterno y profundo de la muerte”.

 

Acta de defunción del Presidente Benito Juárez:

 

“En la Ciudad de México, a las cuatro de la mañana del día diez y nueve de Julio de mil ochocientos setenta y dos, se reunieron en uno de los salones del Palacio Nacional, en presencia del cadáver del C. Lic. BENITO JUÁREZ, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, los ciudadanos Ministros de Relaciones Exteriores, José M. Lafragua; de Guerra, Ignacio Mejía, de Fomento, Blas Balcárcel; de Hacienda, Francisco Mejía; los ciudadanos Doctor en medicina Ignacio Alvarado, y los Notarios públicos Crescencio Landgrave y José Villela. El Ministro de Relaciones Exteriores invitó al C. Alvarado á que certificará el fallecimiento del Presidente de la República, lo que hizo, declarando que el C. Juárez había fallecido de muerte natural anoche a las once y media. En seguida, el mismo Ministro de Relaciones pidió a los infrascritos Notarios Landgrave y Villela que diesen fe de ese hecho, lo que verificaron en toda forma de derecho; levantándose esta acta en cumplimiento  de lo prevenido por el art. 1º de la ley del 29 de Febrero de 1836; y para constancia firman las personas expresadas. Damos fe.- José M. Lafragua.- Ignacio Mejía.- Blas Balcárcel.- F. Mejía.- Ignacio Alvarado.- Crescencio Landgrave.- Notario público.- José Villela, Notario público.- Siguen dos sellos de los Notarios.”

 

Como podemos apreciar en los momentos más difíciles de la Reforma Restaurada, la intervención del Notario estuvo presente.

 

 


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